Hay una región donde el verde de la Pampa Argentina comienza a ralearse y es reemplazado por el amarillo de una tierra arenosa, Luego de eso las culturas nativas y el gaucho decían que empezaba el desierto.
El agua es escasa y el viento abunda aunque no se lo puede atrapar.
El caldén es el único árbol que se anima a resistir de pie, sobresaliendo entre arbustos y pastos opacados por el polvo.
Eran pocos lo que podían en los tiempos lejanos atravesar estas inmensidades.
Menos, los que habían logrado hacer su vida allí. Entre ellos estaban los Levuches.
Claro que la vida de estas tribus estaba garantizada por el conocimiento que tenían de las escasas lagunas, en las que proveerse agua y cazar los animales que por la misma razón que los humanos se acercaban a ellas.
En los derredores de estos espejos de agua había guanacos, venados, ñandúes, flamencos y también Pumas.
Otra cuestión que resultaba un peligro cierto durante el verano, era el incendio de los campos.
Entre noviembre y febrero, Cuando el sol parecía detenerse mucho tiempo en lo alto del cielo, hacía arder la Tierra toda y el mínimo pasto seco era como un chispero que podía iniciar el fuego.
Entonces los animales se espantaban e iniciaban estampidas incontrolables.
Los hombres también debían buscar refugio para no morir quemados o asfixiados.
Para eso, los únicos lugares confiables eran los médanos de pura arena, o las lagunas.
Hubo una vez un enorme incendio que duró varios días. Las aves fueron las primeras en huir, Aunque debieron abandonar, en algunos casos pichones, huevos y nidos.
Tras de ellas fueron los animales corredores.
En cuanto a los animales cueveros como las vizcachas y los cuises debieron confiar en que podrían sobrevivir escondidos bajo tierra.
Cuánto se habrán salvado y cuántos perecido es algo que no se sabrá jamás.
Pero el fuego es parte de la normalidad de la Pampa. Y luego la vida regresa.
Refugiado en unos medanales, regresaron, justamente, los aborígenes Levuches, cuando un calor calcinaba los pies.
Recorrieron su lugar de siempre, donde apenas quedaban restos de sus toldos quemados.
Todavía humeaban Los troncos ennegrecidos de los caldenes y en eso un grito
!!!Vengan, vengan!!! !!!Un niño!!! !!!Y está vivo!!!
Nadie supo de quién era ese casi bebé que apareció milagrosamente sano, con unas pocas quemaduras superficiales en medio de ese escenario de humo y carbón. Pero, en fin, hay quien debía hacerse cargo de él y una familia lo adoptó, y le puso de nombre Epecuén, qué quiere decir "casi quemado"
Pero los aborígenes debían buscar otro lugar y la opinión más aceptada fue que se debía ir lo más cerca posible de las lagunas de Carhué, Aunque fuesen Campos ya habitados. Pero Carhué quería decir "Lugar verde" y eso explicaba todo.
Además el juego no había llegado allí.
Así que la tribu se organizó y comenzó el lento traslado a pie; por Entonces no había caballos que llegaron más tarde con los españoles.
Los padres adoptivos de Epecuén se turnaron para el saldo de rato porque el niño apenas caminaba.
En la nueva geografía, la tribu encontró cierta hostilidad de lo que estaban allí.
Era algo que no podía resolverse sino con el paso de los años.
Pero, Por lo pronto, se consiguió una paz frágil, tolerable.
Aunque ahora lo he tenido por la casa y la recolección de frutos no sobraría para nadie.
Mientras, Epecuén creció y se volvió un joven fuerte y ágil, un cazador diestro en el uso de la lanza y de las boleadoras.
Todos le tenían admiración y algunos miedo.
Eso pasó con los de la antigua tribu, cuándo fue a cortejar a la hermosa Tripantu, aquella cuyo nombre quería decir algo así como "Sol saliendo en primavera" cómo negarse aceptar un posible romance entre ella y el intrépido epecuen, capaz de alcanzar un ñandú en veloz carrera?
Por suerte a Tripantu le gustó el cortejo y aceptó al joven levuche.
Una sonrisa enamorada comenzó a dibujarse en su cara y su temperamento se volvió más alegre que antes. También sus amigas, con quiénes se bañaban todas las tardes en una pequeña laguna, estaban contentas al verla así.
Epecuen llegaba y traía el regalo pluma de ñandú o vainas de algarrobo y era una fiesta.
Pero su fama de galán, que creció con rapidez en la región le hizo creer, poco a poco, que una sola mujer era poco para él. Y parecía ser cierto, otras jóvenes, de tolderías vecinas, también le sonreían Y aceptaban ser cortejadas.
Andaría el diabólico Walichu haciendo de las suyas por allí?
La cosa no pasó mayores mientras Tripantu no se enteró.
La joven no podía creerlo, ella le había otorgado su amor quién le respondía de esa manera, no podía ser. Aunque, para convencerse, debí haberlo con sus propios ojos.
Así, comenzó a merodear el toldo de joven al caer la tarde y a seguirle los pasos sin que él se diera cuenta.
, vino, vigiló, anduvo oculta con un venado sigiloso, una noche, dos, tres...
A veces no salía, otras, se reunía alrededor de un fogón con sus amigos. A Tripantu no le llegaba el sentido de la conversación entre los varones, pero los celos, que ardían más que El fogón le decían que hablaban de mujeres.
Al fin, una noche lo vio encaminarse hacia un pequeño montecito de caldenes.
La luna estaba alta y redonda y se podía ver bien.
Aunque al meterse entre los árboles, todo se hizo sombra y dentro de esa sombra, vio acercarse dos figuras aún más oscuras a Epecuén.
Epecuen besaba una joven que reía, y no era por casualidad una de sus amigas?
El filo de la traición entró en el corazón de Tripantu, sus hojas se nublaron.
Su cabeza ardió, humanos temblar. Y sus pies tomaron rumbo hacia el desierto.
Allí en la soledad de la arena y el viento, la joven comenzó a llorar lágrimas saladas, sin detenerse.
Lloró tanto y tanto que una laguna salobre se formó en el lugar, como muchas veces se suele decir, la joven pereció en su propio llanto.
Enterado y Epecuén de la desgracia, fue hasta el lugar. Ante la situación, en un tardío arrepentimiento, a él también se le nublaron los ojos, de arriba la cabeza y le temblaron las manos. No podía creerlo y en pasos desesperados, rodeó el agua de la joven laguna para ver si Tripantu todavía no andaba por allí.
En ese momento, creyó o ir un llanto... De dónde? Del centro mismo de la laguna entonces, el enamorado arrepentido gritó...
Perdóname, Tripantu , permíteme que vuelva contigo y desesperado por recuperarla, entró a las aguas.
No recordó, cómo iba a recordarlo en esa situación, que no sabía nadar.
Desde entonces, Tripantu y Epecuén moral en lo profundo de la laguna salobre que lleva el nombre del segundo, así lo asegura la leyenda.
Tomado del libro orígenes leyendas Argentinas
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